
DONDE SOLO QUEDA BAILAR
Las ocho obras que integran Donde solo queda bailar trazan una exhaustiva cartografía del universo plástico de Alejandro Pastor, condensando las situaciones y arquetipos más recurrentes en su trabajo reciente y articulando una red de figuras icónicas que reaparecen e interconectan las piezas: criaturas híbridas, entidades fantásticas en permanente metamorfosis que encarnan transiciones psicológicas, danzantes y celebrantes inmersos en bailes catárticos, músicos, invocadores y toda suerte de alegorías generadas mediante el ensamblaje visual de referentes de la alta cultura y el arte vernáculo.
El título de la muestra —homónimo al de una de las piezas principales, en la que diversos personajes danzan ajenos a la inminente caída de un meteorito en llamas— revela el posicionamiento estoico y resiliente del artista frente a nuestra propia realidad, atravesada por la incertidumbre y la crisis estructural, recurriendo a la ironía y al humor como principales herramientas de gestión poética y existencial, y sugiriendo el hedonismo como vía de escape y actitud vital.
Sobre el artista
ALEJANDRO PASTOR

ALEJANDRO PASTOR
La pintura de Alejandro Pastor (Alicante, 1980) ha evolucionado en los últimos años experimentando un proceso de acusada maduración técnica y conceptual —a la par que el artista consolidaba su firma definitiva tras el uso de sus anteriores heterónimos (Alexander Grahovsky y Alejandro Grahovsky)—, conquistándonos con un personalísimo lenguaje a través del cual despliega narrativas oníricas inspiradas en los programas iconográficos de la pintura prerrenacentista y primitiva flamenca, recombinando pasajes mitológicos y ritos con el folclore popular, el carnaval y la cultura contemporánea.
Mediante estructuras visuales secuenciadas —tanto sincrónicas como diacrónicas— derivadas de la estética del retablo clásico, el cómic, la animación o los videojuegos, Pastor reordena fragmentos de nuestro imaginario colectivo. A través de asociaciones libres —y en muchos casos irreverentes—, propone al espectador un recorrido abierto que invita a una lectura activa de la imagen. Cada escena se concibe como un espacio liminal en continuo cambio donde convergen simultáneamente múltiples acontecimientos que nos adentran en su singular cosmovisión: un escenario habitado por personajes envueltos en ritos de paso absurdos y mutaciones de estado que conectan un cuadro con el anterior.
